Hasta 5.000 euros por dron derribado: Rusia moviliza milicias populares para proteger sus gasolineras
Por Soporte
Cinco pequeñas figuras de niños con abrigos largos y fusiles al hombro adornan la fachada del colegio Miguel Hernández, la escuela española más conocida de Moscú. Está situada a pocos pasos de la calle Nikitskaya, una de las arterias que lleva hasta los muros del Kremlin, donde hace unas semanas rindió homenaje Vladimir Putin a las víctimas de la invasión alemana, de cuyo inicio se cumplieron el pasado 22 de junio 85 años. Ese mismo día, Rusia sufrió una oleada masiva de drones contra Moscú, Voronezh y otras regiones.
El país ya no sólo confía en los interceptores Pantsir y la defensa aérea profesional, semanas después del gran ataque sigue montando una defensa territorial de baja tecnología contra drones. El régimen ruso está recurriendo a voluntarios pagados por el Ministerio de Defensa y dando primas por dron derribado para proteger "el cielo tranquilo" que han celebrado generaciones de rusos tras la derrota del invasor nazi. Sencillamente, no hay suficientes sistemas de defensa aérea para todo el vasto territorio de Rusia, toca buscar soluciones low cost.
La Segunda Guerra Mundial fue un drama doméstico, porque tocó a casi todas las familias del país: 19.000 muertes diarias, 13 muertes por minuto. El recuerdo de la guerra está engarzado en el lenguaje: los rusos, sobre todo en las conmemoraciones, se desean los unos a los otros "un cielo en paz sobre tu cabeza". Pero estos días la prensa de la capital y también en las provincias vuelve a utilizar expresiones propias del tiempo de guerra como "alerta aérea", términos que durante décadas pertenecían sobre todo a los libros de Historia.
Tras recordar los bombardeos de antaño, Putin señaló que los ataques ucranianos buscan desestabilizar la sociedad: "Por supuesto, con semejante influencia y con todo Occidente trabajando para ellos, estos drones vuelan en grandes cantidades y así intentan generar incertidumbre sobre las acciones de nuestras fuerzas armadas". Putin también denunció los supuestos preparativos de los países de la OTAN para una guerra con Rusia.
La guerra, manifestándose en un umbral por debajo del de las batallas de 1941, ya está de nuevo en casa. Estos días, imágenes de elevadores con hombres armados en calles de Moscú han aparecido en vídeos y cuentas de redes sociales rusas y ucranianas. Las autoridades no han dado detalles, pero parece formar parte de una defensa improvisada o "de proximidad": no sólo hay misiles Pantsir en tejados y sistemas antiaéreos alrededor de Moscú, sino también grupos móviles intentando detectar y abatir drones de baja cota.
La capital que debía estar blindada acaba defendida, también, con medidas casi artesanales, entre cierres de aeropuertos, prohibiciones de grabar impactos y patrullas armadas mirando al cielo. El plan de Ucrania es complicar al máximo la vida de los conductores rusos: restricciones de gasolina, colas en las estaciones de servicio y precios cada vez más altos. Los vídeos que han emergido en redes sociales de tensión y peleas en las gasolineras muestran que el plan de Kiev está teniendo éxito.
Se buscan rusis "con pólvora en la recámara"
La brigada BARS-Moscú quiere crear hasta 500 grupos móviles para proteger la capital, la región de Moscú y zonas vecinas como Tula, Riazan y Kaluga. Buscan unos 2.500 voluntarios de 18 a 50 años. Se da preferencia a cosacos, gente con experiencia y oficiales de reserva que aún conserven "pólvora en la recámara". La épica vieja sirve para vestir una carencia nueva. Se usa el término 'milicia popular', que evoca los aluviones de voluntarios que plantaron cara a Napoleón en 1812 y a los nazis en 1941. El régimen de Putin, basado durante años en la apatía y desmovilización de la población, tuvo problemas para involucrar a los rusos en la movilización parcial de 2022. Ahora se agarra a analogías históricas para intentar parar el golpe.
Los voluntarios no irán al frente ni tendrán estatus de combatientes, sino que patrullarán bosques y accesos en los límites de la región moscovita, allí donde la los servicios Inteligencia avise del paso de drones. La defensa sería con drones interceptores Yolka, sin explosivos, y otros medios antiaéreos. Son un escudo local y barato para proteger la infraestructura civil e industrial. Los voluntarios de BARS-Moscú cobrarán unas primas de entre 1.100 y 5.500 euros por cada dron derribado. En otras regiones se manejan cantidades similares: derribar un dron podría reportar a un voluntario ruso una recompensa equivalente a entre uno y tres salarios mensuales medios en Rusia. De nuevo se vende la guerra como una oportunidad individual por ser su pertinencia o no para el país.
El analista militar Ilya Abishev cree que la idea llega cargada de riesgos: "Las armas ligeras convencionales suelen ser ineficaces contra los drones" y para combatirlos con éxito hacen falta "radares capaces de detectar objetivos pequeños a baja altura, redes de sensores acústicos, drones interceptores, misiles ligeros antidrones con adquisición automática de objetivos y sistemas automáticos de gran calibre". Es fundamental saber "quién decidirá qué objetivo puede ser abatido? Y sobre todo cómo se coordinarán con la aviación civil" para evitar desastres como ha ocurrido en el pasado.
El zafarrancho de defensa ya no es sólo en Belgorod o Kursk, cercanas al combate. Kazán, Cheboksary, Izhevsk, Samara y Saratov ya viven alertas de drones o misiles una o dos veces por semana. Incluso en la lejana Perm (en los Urales) también se han creado unidades BARS con grupos móviles para proteger el espacio aéreo regional. Las autoridades de la vecina Ufa comenzaron a reclutar reservistas para proteger las instalaciones de combustible y energía de los drones en noviembre del año pasado. Kommersant cuenta que buscan reservistas sanos, sin antecedentes, con dos semanas de preparación, equipo y pagos del Ministerio de Defensa. Desde entonces, la presión sobre esa retaguardia energética se ha acelerado. El 25 de junio, drones de largo alcance alcanzaron instalaciones de la petrolera Bashneft en Ufa, a más de 1.300 kilómetros de Ucrania, en uno de los golpes más profundos contra el corazón petroquímico ruso. En Tatarstán la fábrica de tanques da cursillos de dos semanas para estos nuevos vigilantes del cielo.
El repliegue hacia soluciones heterodoxas venía de antes. En marzo, Putin firmó una ley que permite a empresas privadas de seguridad usar armas de fuego más potentes, incluidos fusiles Kaláshnikov, para proteger instalaciones energéticas críticas.
Una defensa soiviética
La idea de crear equipos móviles es una réplica directa de la experiencia de Ucrania en el combate contra los drones Shahed, lanzados a finales de 2022 y principios de 2023. Rusia ha tenido y sigue teniendo un sistema de Defensa aérea estratificado, que hereda elementos clave del modelo soviético: escalonado, con muchas etapas diferentes, detección temprana y una red de estaciones de radar terrestres. Pero fue diseñado inicialmente para hacer frente a misiles balísticos y de crucero, aeronaves y grandes objetivos aéreos.
La información sobre cualquier amenaza ha de transmitirse instantáneamente a las distintas líneas de defensa aérea, dispuestas en capas. El problema es que estas líneas de defensa son densas alrededor de Moscú, San Petersburgo y los principales centros estratégicos militares, pero la red en el resto del país es escasa. La destrucción constante de los sistemas Pantsir-S1 y Tor, así como de grandes estaciones de radar fijas —especialmente en la Crimea anexionada— ha obligado al Ministerio de Defensa ruso a trasladar sus recursos restantes al frente para brindar cobertura a las unidades de vanguardia. La invasión que se vendió como necesaria para la seguridad está dejando desprotegido el interior de Rusia.
Es el caso de Chuvashia, una pequeña república rusa situada en el curso medio del Volga, a unos 600 kilómetros al este de Moscú. Su capital, Cheboksary, está lejos de la frontera ucraniana y durante mucho tiempo pareció una retaguardia profunda, casi ajena al frente. Precisamente por eso los ataques con drones o misiles han tenido un efecto psicológico fuerte. Semion Kochkin, originario de esa zona y fundador del canal de Telegram Serditaya Chuvashia, asegura que la creación de la unidad BARS en Chuvashia ha sido recibida con escepticismo. "La gente no cree que estas unidades puedan hacer frente realmente a los ataques", explica a este periódico. El temor de muchos, según Kochkin, es otro: que esos voluntarios no terminen defendiendo la ciudad, sino enviados al frente en Ucrania.
La seguridad en Chuvasia también ha cambiado. Tras los ataques con misiles de crucero flamingo, empezaron a aparecer refugios antiaéreos en la ciudad y durante las alertas suenan sirenas, un tabú gubernamental en otras zonas de Rusia. "En Chuvashia hay ahora varios miles de soldados fallecidos", sostiene Kochkin, que asegura que ya puede decirse con seguridad que casi todo el mundo conoce al menos a alguien que murió en esta guerra.
Fuente: https://www.elmundo.es/internacional/2026/07/04/6a47be6121efa05d2f8b458c.html
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