El político libanés confirma que cerca de 1,2 millones de personas en el país se enfrentan una crisis de “hambruna aguda” a causa del conflicto

Ramzi Samha recuerda como el precio del kilo de los cítricos se duplicó de forma inmediata el pasado día 13 de abril. “Los israelíes mataron a un grupo de 12 sirios que estaban recogiendo naranjas. Ningún libanés se atrevía a ir. Sólo los sirios y porque les pagaban 70 dólares la jornada [el salario medio en Líbano ronda los 300 por mes]”, explica frente al puesto callejero de la ciudad sureña de Tiro, donde vende zumos. Desde esa fecha, Samha se ve obligado a desplazarse hasta la localidad de Sidón, a casi 40 kilómetros al norte, para adquirir limones y granadas, que han desaparecido de los pocos mercados locales que siguen abiertos.

La escalada de precios de los cítricos en Tiro es un reflejo sobre el terreno de las devastadoras estadísticas que maneja el titular de Agricultura libanés, Nizar Hani. Sentado en su despacho de Beirut, el representante libanés intenta resumir en cifras, la ingente crisis que enfrenta un país, Líbano, donde este tipo de bretes parecen ya ser parte de los usos y costumbres asociados a la historia local. “Los daños que ha sufrido la agricultura libanesa son similares a los de un tsunami. Un 22,5% de los terrenos de cultivos han sido dañados y no se pueden utilizar. Son casi 54.000 hectáreas [de un total de unas 250.000]. Habíamos calculado que las pérdidas del sector durante la guerra del 2024 eran de 800 millones de dólares”, indica el representante libanés.

El coste de la guerra de finales del 2023 y 2024 se cifró en unos 14.000 millones de dólares y se tradujo en un crecimiento negativo del PIB del 7,1%. El conflicto que comenzó en marzo -y que continúa, pese al teórico alto el fuego que entró en vigor el 17 de abril- ha acentuado la debacle económica del país y en especial la que sufre su sector agrícola. El Instituto Internacional de Finanzas calcula que el referido PIB puede hundirse de nuevo este año entre un 12 y un 16%.

Una regresión que se ha cebado en “una economía que ya estaba sumamente debilitada desde 2019 [cuando el país sufrió el colapso de sus sistema bancario y su PIB retrocedió un 25%]”, recordaba el análisis de la publicación Al Modon.

Estos guarismos no son simples conjeturas matemáticas. La Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura, y el Programa Mundial de Alimentos (PMA), alertaron hace días que el varapalo sufrido en la producción agrícola local se traducirá en una crisis de hambruna aguda que sufrirán al menos 1,2 millones de personas.

La crítica situación libanesa se inscribe en el daño de larga duración que está generando la guerra iniciada por Israel y Estados Unidos contra Irán en marzo. El PMA estima que la contienda amenaza con colocar a otros 45 millones de personas en riesgo inminente de hambruna aguda y hará regresar a 30 millones a la pobreza -4 millones en Oriente Próximo-, incluso si concluye ahora mismo.

En Líbano, las ONG especializadas como Acción contra el Hambre han advertido que “las familias se ven obligadas a saltarse comidas, reducir la cantidad o la calidad de los alimentos, vender sus pertenencias o sacar a los niños de la escuela para poder alimentarse”.

A principios de abril el país registraba ya un incremento disparatado del coste de los combustibles. El precio de una lata de 20 litros de gasolina -de uso habitual- había aumentado un 60%, mientras que el diesel subía un 55%. La Administración Central de Estadísticas informó a mediados de abril que la inflación acumulada en este año se había disparado hasta un 17,26%.

Las pérdidas del sector agrícola no se centran sólo en la destrucción de terrenos, ganado o infraestructura, sino también en la pérdida de cosechas. “Hay productos que se concentraban en el sur y que han sido literalmente masacrados. Por ejemplo, en el caso de los cítricos esa región generaba el 70% del total de la producción nacional. El 90% en el caso de los plátanos”, manifiesta el máximo responsable de Agricultura libanés.

Las históricas fincas de tabaco sureñas, base de la supervivencia para casi 16.000 familias de esa región, han sido diezmadas, ya que cerca de un 85% -o más- de los cultivadores han tenido que huir del área. “Por ejemplo, los israelíes han destruido 50.000 olivos (la producción de aceite era otro de los pilares de la agricultura local). Han robado entre 5.000 y 10.000, que se han llevado directamente a Israel para revenderlos. Son olivos de cientos de años que pueden valer miles de euros. Y no se trata sólo de dinero. Están intentando acabar con un referente de nuestra cultura”, opina el referido Nazir Hani. “La agricultura fijaba a la población en las aldeas del sur. Sin agricultura, el éxodo actual [hay más de un millón de desplazados en un país con menos de 6 millones de habitantes] se convertirá en algo permanente y eso está agravando la tensión sectaria”, agrega.

Qarim Phliphli, pasó por ejemplo de solventar con holgura su economía casera en el 2025 gracias a su plantación de guisantes y su pequeña granja, donde tenía 350 vacas y ovejas, a convertirse en un desplazado que se alimenta ahora de la caridad en un centro de acogida en Antelias, al norte de Beirut. “He perdido toda la cosecha de guisantes y un centenar de vacas y ovejas”, asegura.

Desesperado por la situación, el libanés de 55 años, no esconde su frustración. “La única solución es marcharse del país. ¿No me puede conseguir un visado para España?. No quiero saber nada más del Líbano”, concluye.

Fuente: https://www.elmundo.es/internacional/2026/05/06/69f4ca62e4d4d82b7e8b4591.html

Por Editor