El país vota mañana en unos comicios que ponen contra las cuerdas a laboristas y conservadores, hundidos en los sondeos

La escena política del Reino Unido, acaso junto con Estados Unidos el país que mejor simbolizaba el bipartidismo, ha estallado. Las cifras parecen irrebatibles. Desde diciembre de 1922 hasta las últimas elecciones generales de julio de 2024, el Partido Conservador y el Laborista se han llevado, conjuntamente, entre el 65% y el 85% de los votos. En los comicios locales en Inglaterra y parlamentarios en Gales y Escocia que se celebran mañana jueves, es posible que no lleguen al 35%.

En lugar de esas dos grandes formaciones, el panorama parece un puzle más propio de un sistema parlamentario continental -a la española o la francesa- que del de Gran Bretaña. De hecho, mañana el Reino Unido estrena pentapartito, que es el término que se empleaba para definir a los Gobiernos a cinco bandas que gobernaron en la Primera República de Italia de 1981 a 1994. A falta de un mes y medio para se cumplan 10 años de la votación del Brexit, la fragmentación política británica suena más europea que nunca.

Porque hay, según los sondeos, cinco formaciones cuya intención de voto se sitúa entre el 12% y el 25%: la ultranacionalista y eurófoba Reform UK, dirigida por el padre del Brexit, Nigel Farage (alrededor del 25%); el Partido Laborista, del primer ministro Keir Starmer, en el poder, y la principal fuerza de la oposición, el Partido Conservador (ambos ligeramente por debajo del 20%); el Partido Verde, del autoproclamado ecopopulista Zack Polanski (en torno al 15%), y el Partido Liberal-Demócrata, centrista (algo más del 10%). Es una situación parecida, sólo que más enrevesada, a la que se dio en los comicios locales del año pasado, que se saldaron con una victoria absoluta de Reform y un desastre sin paliativos del laborismo.

Es un panorama absolutamente inédito. Los dos partidos que han dirigido la política británica desde 1922 están en mínimos históricos. Para ambos, el peligro de extinción en el mediano plazo es algo más que una mera posibilidad teórica. A cambio, Reform, que tiene seis años de existencia, y el Verde, que, aunque es más antiguo, no logró presencia en el Parlamento hasta hace 15 años, están en los niveles más altos jamás registrados. Sólo los Liberal-Demócratas, que reciben mayoritariamente el voto de las clases medias y medias-altas de alto nivel educativo, siguen en sus niveles históricos.

Pero, en realidad, el pentapartito es sólo una visión benévola de la situación. En realidad, podría hablarse de un heptapartito. O sea, de siete. Porque, por primera vez desde que el Parlamento de Gales fue establecido en 1999, el nacionalista Plaid Cymru podría ser la fuerza más votada… con permiso de Reform UK, que está devorando la llamada muralla roja laborista en el sur de ese territorio. Más complicada es la situación en Escocia, donde las encuestas ponen al Partido Nacionalista Escocés al borde de la mayoría absoluta. Su líder, John Swiney, insiste en que, si se da esa situación, convocará un nuevo referéndum independentista.

Todos esos datos indican que la vida política británica está en estado de ebullición. El voto rural conservador y el urbano obrerista se han ido, respectivamente, de los tories y del laborismo a Reform, un partido que en la práctica es un proyecto unipersonal de Nigel Farage. El voto joven urbano -incluyendo a las minorías- ha abandonado al Partido Laborista para abrazar a Polanski. Pero esto no es todo: Reform está estancado en las encuestas desde hace nueve meses. En otras palabras: Farage parece haber tocado techo, en parte por su identificación absoluta con Donald Trump.

El laborismo afronta una catástrofe, especialmente en la ciudad de Londres -uno de sus mayores feudos-, tras un año brutal, debido a la impopularidad crónica de su líder, el primer ministro Keir Starmer, agravada por el escándalo desatado por la vinculación entre el ex embajador británico en Estados Unidos, Peter Mandelson, y el proxeneta de la élite mundial Jeffrey Epstein, y por su apoyo a Israel en Gaza, que ha sido una bendición para los Verdes, cuyo líder, Polanski, es, precisamente, judío.

Al menos el laborismo puede consolarse pensando que mantiene el liderazgo de la izquierda. Más desesperada es la situación de los tories, que parecen condenados a ser ya la fuerza minoritaria de la derecha, una situación inimaginable para quienes han ejercido el poder en el Reino Unido durante 101 de los últimos 150 años, lo que les ha llevado a autocalificarse como “el partido natural del poder”. Ahora, todo sugiere que esas leyes de la naturaleza les están dejando en la posición de los dinosaurios.

Evidentemente, unas elecciones locales parciales -el Reino Unido renueva sus órganos locales de manera escalonada, todos los meses de mayo- no tienen ni la significación ni las consecuencias de unas nacionales. Pero son un termómetro de por dónde va el sentimiento de la opinión pública. Los 5.066 cargos electos que serán elegidos mañana, más los Parlamentos de Gales y Escocia, son una señal de cambio.

Pero ¿cambio hacia dónde? Eso ya es más difícil. El sistema electoral británico es mayoritario. Eso implica que bastaría con que un partido ganara todas las circunscripciones en liza por un solo voto para que consiguiera el 100% de los cargos en juego. Eso reduce mucho las posibilidades de Gobiernos de coalición. El pentapartito británico es electoral, no de gobierno. Eso, a su vez, crea el llamado voto táctico, que hace que el votante entregue su papeleta no a su preferido, sino al candidato con una ideología aceptable que tiene más posibilidades de ganar. Eso puede significar que una parte de los laboristas londinenses vayan a apoyar a los Verdes en sus distritos, para así frenar a Farage. O que los tories voten a este último, ya que su partido encabeza las encuestas.

Fuente: https://www.elmundo.es/internacional/2026/05/06/69fa09f7e85eceec0b8b4573.html

Por Editor