Testigo de la guerra en Gaza y autor de ‘Diario de un joven médico’, Shehab convierte la devastación en un testimonio íntimo sobre la vida, la pérdida y la memoria bajo el asedio

Ezzideen Shehab es médico y escritor palestino. Regresó a Gaza pocos días antes del 7 de octubre de 2023 y dos años después del inicio del conflicto, se ha convertido en víctima y testigo directo de la devastación, trabajando en hospitales destruidos mientras atiende a heridos en condiciones extremas. Su libro Diario de un joven médico es un testimonio escrito bajo asedio que busca preservar la memoria de las víctimas y dar voz a quienes “el mundo corre el riesgo de olvidar”.

Después de más de dos años y medio de devastación, ¿cuál es la situación sanitaria actual en la Franja?La situación sanitaria en Gaza sigue siendo catastrófica. El sistema de salud se ha visto gravemente debilitado no solo por la destrucción causada por la guerra, sino también por las continuas restricciones al suministro de medicamentos y equipos médicos. Los medicamentos esenciales siguen siendo escasos y herramientas de diagnóstico críticas, como los ecógrafos y los escáneres CT (tomografía computarizada), aún no están siendo autorizados para entrar. Como resultado, incluso los diagnósticos básicos se han vuelto extremadamente difíciles en muchos casos. También existen serias restricciones en el equipamiento quirúrgico, lo que afecta directamente a nuestra capacidad para realizar operaciones que salvan vidas. Además, las misiones médicas internacionales enfrentan grandes obstáculos. A muchos médicos extranjeros programados para entrar en Gaza se les niega el acceso en el último momento.¿Cuáles son las principales carencias médicas a las que se enfrentan a diario los sanitarios en Gaza?La principal crisis es la evacuación médica. Miles de pacientes necesitan urgentemente tratamiento fuera de Gaza, incluidos niños, pacientes con cáncer y personas que padecen enfermedades cardíacas y renales. Según el Ministerio de Salud, más de 21.000 pacientes requieren evacuación médica urgente. Sin embargo, solo un número muy limitado, alrededor de 20 pacientes por día, tiene actualmente permitido salir. Esto crea una realidad trágica en la que los pacientes se ven obligados a esperar, a veces durante meses, mientras sus condiciones continúan deteriorándose.En su libro, Diario de un joven médico, dice que pasa el día “cosiendo heridas que el mundo nunca verá”. ¿Cuál de esas ‘heridas’ será la que no olvidará nunca como médico y como persona?Hay muchos momentos como este, y escribí sobre algunos de ellos en el libro. Momentos que la guerra ni siquiera sabe que existen. Uno que recuerdo ahora ocurrió en un día muy difícil. Los bombardeos eran intensos e indiscriminados. Una mujer mayor pasó por la clínica mientras huía. Tiraba de un pequeño carrito, lo único que había logrado sacar de su casa. Entró en la clínica con timidez y preguntó si podía recibir algún medicamento porque le dolían la espalda y los pies por la larga distancia que había caminado y por tirar del carrito ese día. Había una profunda sensación de fragilidad en sus ojos, una tristeza muy pesada. Le pregunté: ‘¿A dónde va?’. Ella respondió: ‘No lo sé. Solo estoy caminando’. Ese día, en realidad no necesitaba medicinas. Necesitaba que alguien la escuchara. Necesitaba hablar, liberar lo que llevaba dentro, sentir que a alguien le importaban sus sentimientos. Simplemente quería descansar unos momentos en medio de un largo camino de sufrimiento. Hacer una pausa de unos minutos antes de continuar por ese largo camino de dolor. Al marcharse, se volvió hacia mí con un pequeño manojo de rúcula, envuelto como si fuera un ramo de flores. Para ella lo era todo. Era lo único que tenía, era agricultora. Lo acepté para no herir sus sentimientos, pero fue mi corazón el que se rompió ese día. Estas son las historias que nadie ve.Usted mismo ha sido víctima de la guerra, perdió 42 familiares…Esta guerra no ha dejado a nadie sin heridas ni pérdidas irreparables. Hace unos días, hubo una celebración por la recuperación del hijo de mi primo. Fue la primera reunión familiar alegre que tuvimos desde que comenzó la guerra. Estábamos juntos, sonriendo e intentando mostrar felicidad en nuestros rostros, ocultando nuestras heridas. Queríamos demostrarnos a nosotros mismos, antes que a nadie, que de alguna manera podíamos recomponernos. Pero cuando empezamos a bailar juntos como parte de nuestra tradición, ya no pudimos contenernos. Mi padre, de repente, rompió a llorar. Nadie necesitó preguntar por qué. Todos lo sabíamos. Todos deseábamos que no hubiera sido él quien empezara. Y, de una manera extraña, todos comenzamos a llorar. Mientras bailábamos, algo dentro de nosotros estaba sangrando. Lloramos por todos los que perdimos. Lloramos por cómo nos habíamos desplazado, dispersados en distintos lugares después de haber vivido juntos en el mismo barrio. Lloramos porque nuestro número se había reducido tanto, después de haber sido una familia extensa y numerosa. Lloramos por quienes ya no están. Lloramos por el dolor y la impotencia. Y aun así, ni siquiera eso fue suficiente.Desde su experiencia en Gaza, ¿cómo valora la respuesta de la comunidad internacional en estos años de asedio a la Franja?Creo que las experiencias de las personas son lo que las une. Pienso que ha habido una empatía pública genuina hacia lo que está ocurriendo en Gaza, porque cualquier ser humano decente no puede aceptar la muerte de niños bajo ninguna justificación. Sin embargo, el sistema capitalista en el que vivimos ha convertido todo en una mercancía. Incluso las opiniones y las posturas pueden comprarse y venderse. Por eso, la empatía que recibimos a menudo proviene de sociedades que no han sido completamente absorbidas por el sistema, sociedades en las que las personas aún están conectadas con su humanidad, como el pueblo español, por ejemplo. Aunque escribo en inglés, una gran parte de mi audiencia es, en realidad, de España. El problema, sin embargo, es que la gente común no es quien toma las decisiones en este mundo. El poder está en manos de quienes tienen riqueza e influencia, especialmente entre los líderes globales. Y para muchos de ellos, el sufrimiento humano no es una prioridad.Según UNICEF, 64.000 niños han muerto o han resultado mutilados en dos años de guerra, ¿cómo ve el futuro de las nuevas generaciones de gazatíes?Desafortunadamente, no veo un futuro prometedor para la próxima generación. Están creciendo en un entorno sin seguridad ni seguridad alimentaria, en un sistema de salud devastado sin hospitales ni servicios médicos. Viven en la pobreza, han estado fuera del colegio durante dos años completos y ahora las escuelas están destruidas sin señales de reconstrucción. Pasan sus días tratando de conseguir agua para sus tiendas de campaña y recogiendo madera solo para hacer fuego. Dado todo esto, sería poco realista esperar otro resultado que no sea más pobreza y más falta de educación para estos niños.¿A quién va dirigido su libro: a la comunidad internacional, a otros médicos, o a las futuras generaciones?Cuando escribía estos textos, no los concebía simplemente como historias. Los escribía como un registro de este periodo oscuro de la historia humana, como un testimonio de detalles que quizá nunca se cuenten y de aquellos que permanecen invisibles. En ese sentido, mi escritura no es solo para los lectores de hoy, sino para las generaciones futuras y para la propia historia.

Fuente: https://www.elmundo.es/internacional/2026/05/20/69f9f478e4d4d8644e8b457a.html

Por Editor