Hay cacerolazos en las noches a oscuras y hasta incendios provocados por un pueblo que no puede más, pero Díaz-Canel, fiel a la dinastía de los Castro, hace oídos sordos, aunque al fin admite que la Habana mantiene conversaciones con Washington
Todo va muy rápido, como una centrifugadora. El lunes en la noche el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, les declaraba a los medios desde el Despacho Oval que para él sería “un gran honor tomar Cuba” y, añadió, “creo que puedo hacer cualquier cosa que quiera con ella”. Era un símil político de lo que en 2005 dijo de las mujeres en una grabación que el Washington Post dio a conocer un mes antes de las elecciones presidenciales de 2016: “…cuando eres una estrella, te dejan hacerlo. Puedes hacer lo que quieras, agarrarlas por el coño. Puedes hacer lo que quieras”. Fue la primera vez que ganó la presidencia.
El empresario neoyorquino nunca ha ahorrado en comentarios soeces para exhibir el abuso de poder que es capaz de ejercer tanto en el ámbito personal como en el político. Y en esta ocasión se mide con la jefatura de Cuba, más acostumbrada aún que él a maltratar a sus súbditos, sobre todo a aquellos que pretendan oponerse y denunciar los atropellos sistemáticos de la dictadura más longeva de Occidente. Lo que ha cambiado en la isla no es la voluntad de cambio del castrismo, sino que se han topado con el final del callejón sin salida en el que Fidel y Raúl Castro metieron a todo el país hace 67 años. Ya no tienen por dónde sacar la cabeza gracias a los subsidios de la antigua Unión Soviética y los barriles de petróleo que hasta el otro día la Venezuela chavista le enviaba. El Estado parasitario cubano ya no tiene a quién vampirizar, con el chavismo agachado y colaborando con los nuevos amos. El objetivo es que en la isla copien la hoja de ruta que sigue la nación sudamericana después de la captura de Nicolás Maduro el pasado 3 de enero.
Mientras en el encuentro con la prensa Trump afilaba sus dientes de tiburón al hablar del “buen clima” de Cuba y hasta afirmaba, “ni siquiera nos molestarán cada semana pidiendo ayuda porque no está en zona de huracanes”, los cubanos soportaban otro apagón total. Ha sido el sexto en año y medio. Unos días antes, el presidente de Cuba, Miguel Díaz-Canel, reconocía ante medios oficialistas que desde hace tres meses no reciben combustible. El sucesor de Raúl (a él nadie lo ha elegido en las urnas) culpaba al cerco naval impuesto por Washington de todos los males que padecen los cubanos. Díaz-Canel es un tipo rudo, habituado a mentir con tal de mantener en pie lo que ya no se puede sostener. Hay cacerolazos en las noches a oscuras y hasta incendios provocados por un pueblo que no puede más, pero el gobernante, fiel a la dinastía de los Castro, hace oídos sordos, aunque al fin admite que la Habana mantiene conversaciones con Washington. A su lado, la figura silente de Raúl Guillermo Rodríguez Castro, nietísimo de Raúl e interlocutor del secretario de Estado, Marco Rubio, en unas negociaciones en las que, primero que todo, se dirime el futuro de los Castro y el entorno que manejan, la entidad militar GAESA, conglomerado que concentra todo el poder económico.
Unas horas antes de que Trump afirmara nuevamente que Cuba está a punto de colapsar, Óscar Pérez-Oliva Fraga, viceprimer ministro castrista, le declaraba a la cadena NBC en La Habana algo de lo que ya había informado el periódico El Nuevo Herald: están listos para darles la bienvenida a los cubanos de la diáspora (los “gusanos”, transformados en mariposas) que quieran invertir en la isla. A la hora que lo dijo debía haber electricidad y por eso se mostraba optimista. De un día para otro, pretenden copiar el modelo vietnamita que Washington elogia: apertura de mercado con un partido único en el poder.
Quién -me planteaba recientemente Ricardo Herrero, director ejecutivo de la organización Cuba Study Group, con sede en Estados Unidos- se va a atrever a invertir en Cuba mientras no haya garantías y un marco legal. Pérez-Fraga, sobrino-nieto de Raúl, se adelantaba demasiado al guion que poco a poco se desarrolla en Venezuela, donde la presidenta encargada, Delcy Rodríguez, trabaja sin descanso para darles trato preferencial a los estadounidenses en las relaciones comerciales. Trump la felicita por la cantidad de barriles de petróleo que llegan a Houston. Él también hace lo que quiere con ella.
El mandatario estadounidense está a punto de ponerse una medalla por “tomar Cuba”. El clan de los Castro (es un enigma qué pintan en todo esto los hijos de Fidel) discute a quién entregarán a los americanos como parte de unas negociaciones que no necesariamente significarían un cambio de régimen. Podría ser una escena de Uno de los nuestros, con los personajes mafiosos de Scorsese sellando pactos antes de eliminar a unos o a otros. En pleno apagón, los cubanos en la isla no se enteran de que a esas horas The New York Times publicaba que, de acuerdo a cuatro fuentes del Gobierno de Estados Unidos, el trato consiste en que se sacrifique a Díaz-Canel. No le tomaría por sorpresa. En su alma revolucionaria lleva tatuado “Patria o Muerte”. Que sea lo que Papá Marx quiera. ¿O era Stalin?
Cuando se hace de día, la periodista independiente Yoani Sánchez recorre las calles de su barrio, en el Nuevo Vedado, y en vídeos que se hacen virales nos informa del ruido de las cazuelas, las fogatas en las aceras para cocinar, el acoso que sufre cuando la visitan agentes de la Seguridad del Estado. Ella lo resume así: “Este descalabro en el que vivimos”. En su ignorancia proverbial, Trump desconoce que desde el año 1800 unas 200 tormentas tropicales y más de 100 ciclones han azotado a la isla. Los cubanos están en medio de un huracán y quieren salir vivos. Las heridas tardarán en sanar.
Fuente: https://www.elmundo.es/internacional/2026/03/17/69b9728ce4d4d8ed0f8b45a1.html
