Un trabajo con ganancias de seis mil pesos al día; libres de impuestos y gastos. No necesitas preparación ni título académico, pero sí arriesgar la vida y quebrantar la ley: huachicol, se le llama popularmente. Pablo –nombre utilizado para mantener el anonimato– lo aceptó porque en otros empleos se “mató como burro” y ni de chiste ganó tanto.

Pablo comenzó a vender combustible robado en 2017. El litro costaba alrededor de 16 pesos en la gasolinera, él lo conseguía en cuatro. Su zona de comercio era la frontera compartida por Tlaxcala y Puebla: mínimo despachaba mil litros diarios; cada uno a 10 pesos y solo invertía cuatro mil.

“La operación que yo llevaba es el eslabón más pequeñito de la cadena, es algo muy pequeño porque mover mil o dos mil litros diarios es un chiste en comparación con esas personas que tienen una pipa”, señaló a Publimetro el exhuachicolero.

Las pipas más comunes son de 10 mil litros. En los ductos intervenidos de Petróleos Mexicanos (Pemex), durante el citado año en Palmarito, Puebla, las llenaban con un precio de tres pesos por litro de combustible. La reventa dejaba hasta 100 mil pesos, y no se surtían una vez, sino cuatro por día.

El grupo de trabajo de Pablo se conformaba por tres hombres: dos transportaban bidones de 100 litros en la cajuela de sus carros y otro fungía como ‘halcón’ en una moto, siempre adelante para alertar sobre retenes. Los contenedores los apilaban y tapaban con cobijas mojadas a fin de refrescarlos, “porque ir conduciendo un auto cargado de gasolina, pues es una bomba de tiempo. De verdad, daba miedo. Pero bueno, se te olvidaba cuando cobrabas”.

Estos huachicoleros compraban el combustible robado con los habitantes de Palmarito. Muchas personas vendían: en sus patios juntaban entre siete y ocho barriles de mil litros. Era normal ver a los coches entrar para ser despachados; “llénalo hasta que escupa, hasta que no le quepa una gota más”, era la frase típica.

Fácil adquirir y fácil repartir. En dicha zona poblana la vigilancia era laxa, además, la que había, se enfocaba en camiones y pipas, no en automóviles. Sin embargo, Pablo y sus amigos iniciaban labores a las tres de la mañana, para terminar pasadas las seis de la tarde: del frío intenso al calor extremo. Granjas, bases de taxis, talleres mecánicos y ranchos figuraban como sus clientes.

“Para nada complicado (el comercio con hidrocarburos). Para empezar, no hay gasolineras en toda esta región de El Carmen Tequexquitla, Casitas… los pueblos Zacatepec, Jesús Carranza, Miravalle y los demás pueblos aledaños. Y si llega a haber una, en esa te la vendían en 16 pesos, entonces, nada más un loco iba y compraba gasolina más cara. Las gasolineras no son competencia para los huachicoleros”, aseguró Pablo.

Pobreza, el principal motivo

La pobreza abunda en Palmarito. La gente es humilde, te abre las puertas de su casa y te da su confianza. La mayoría anhelaba el mundo del huachicol: con el dinero levantaban sus casas, las amueblaban, instalaban calentadores solares, cisternas e incluso baños, pues no todos tienen drenaje.

Muchos eran granjeros o campesinos, compraban animales gracias al negocio de la gasolina robada. Vieron ese modo de vida como un empujón para su día a día.

“Estás cometiendo un robo, pero es una oportunidad única para mucha gente. Hubo quienes lo aprovecharon para bien, compraron infraestructura para el campo, por ejemplo. Sí es muy peligroso, pero si se ocupó de esa forma, yo lo veo redituable”, consideró el exhuachicolero.

Un operativo de la Secretaría de la Defensa Nacional, efectuado en mayo de 2017, terminó con el huachicol en Palmarito, y en las zonas aledañas, casi por completo. Los pobladores anunciaron su retirada a través de frases clave: “se secaron los magueyes”, “ya no hay pulque”.

“La verdad es que sí es extremadamente riesgoso. Un error te puede costar la vida. Nosotros estábamos prácticamente recargados en bidones de miles de litros de gasolina… en algún momento sí puede explotar, y te cuesta la vida”, concluyó Pablo.

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Por Editor